Nos enteramos de que un buen amigo de esta casa, Martín Bodas, en una charla informal había definido nuestro estudio como “plantista”. Un neologismo certero, que describe acabadamente nuestra manera de proyectar, y que, por supuesto, tomamos como un elogio. En tiempos de volumetrías desbordadas, y muchas veces frívolas, nosotros reafirmamos nuestra fe bidimensional. Creemos firmemente que las virtudes de una planta, finalmente, se transmiten al resto del proyecto, en lo formal, en lo constructivo y también en lo económico. Sí, somos orgullosamente “plantistas”.
El hotel que proponemos para el centro de la ciudad de Mendoza busca ofrecer un alojamiento de calidad, que cubra una necesidad que vemos insatisfecha: la de un hotel de marca que se ubique por debajo de una propuesta de lujo, pero bastante por encima de otras ofertas hoteleras que tiene hoy la ciudad. Creemos que entre el nivel alto y la restante oferta existe un hiato que nuestra idea estaría en grado de cubrir con éxito. A eso apuntamos con un proyecto que desde su arquitectura hable con simplicidad y eficiencia para comunicar con claridad sus ventajas.
Dos torres de altura media conectadas por su basamento social, en el cual se desarrollan las actividades comerciales, recreativas y de descanso. Los edificios, ejecutados con materiales cálidos, se elevan sobre el paisaje y se emplazan de manera de aprovechar las vistas hacia el entorno.
Conjunto de siete villas residenciales, las cuales tienen la vista al lago garantizadas, y se van disponiendo en el terreno con diferentes giros, de manera de no entregar una imagen monótona y repetitiva. Todo el terreno es recorrido por una calle sinuosa que además de las obvias razones topológicas, intenta con su serpenteo ir dando un cambiante aspecto del conjunto, de sus construcciones y también de las visuales del paisaje.