En la profesión muchas veces nos toca convivir con la derrota. Concursos que se pierden, trabajos que se esfuman en el aire, clientes que desaparecen sin dejar huella. Ante esas situaciones queda siempre la tranquilidad de saber que se hizo lo posible por conseguir el objetivo. Las derrotas bien asumidas son seguro aprendizaje, y eso, creo, lo experimentamos en estos días vibrantes en que los argentinos nos alegramos hasta el paroxismo y terminamos llorando de pie las mismas lágrimas de nuestro capitán.